Un día, Milarepa vuelve a su cueva después de salir a buscar leña. Al entrar, descubre que está llena de demonios. Están por todas partes, instalados en su espacio de meditación como si estuvieran en su casa.
Su primera reacción es la rabia. Quiere hacerlos irse de inmediato y se pone a perseguirlos. Mientras más se enoja, más lucha contra ellos y más intenta echarlos, más los demonios parecen volverse poderosos. No retroceden, al contrario, parecen todavía más presentes y más difíciles de sacar.
Entonces Milarepa prueba otros métodos. En algunas versiones del relato, recita fórmulas para hacerlos desaparecer. Pero eso no cambia nada. Los demonios siguen ahí, como si se alimentaran de toda la energía que él gasta en combatirlos.
Después decide hablarles y enseñarles budismo. Les explica la compasión, la amabilidad, la impermanencia y la naturaleza de la existencia. Pero hasta ese enfoque falla: los demonios lo escuchan sin moverse y ninguno sale de la cueva.
Entonces Milarepa entiende que sigue intentando hacerlos irse. Incluso sus palabras más sabias todavía esconden una voluntad de controlar la situación. Así que deja de luchar y acepta la posibilidad de que los demonios se queden ahí.
Los mira uno por uno, se inclina ante ellos y se abre a lo que pueden enseñarle. A partir de ese momento, casi todos los demonios desaparecen. Solo queda uno, el más grande y el más aterrador.
Entonces Milarepa abandona toda resistencia. Se acerca al demonio y le ofrece completamente su cuerpo, como si le dijera: «Si quieres devorarme, hazlo.» Pone su cabeza dentro de su boca.
Entonces el demonio se inclina y desaparece en el espacio. Milarepa no lo venció siendo más violento o más poderoso que él. Dejó de darle el miedo, la rabia y la resistencia que parecían hacerlo cada vez más fuerte.
Esta historia puede entenderse como una imagen de nuestros miedos, de nuestras heridas y de las partes de nosotros mismos que nos negamos a mirar. Mientras más nos enojamos con ellas y más intentamos empujarlas lejos, más espacio pueden llegar a ocupar.
Al aceptar observarlas con lucidez, suavidad y compasión, podemos empezar a entender qué es lo que buscan mostrarnos. Lo que nos aterra va perdiendo poco a poco su poder, no porque lo hayamos destruido, sino porque dejamos de alimentarlo.
Admito que le pedí a ChatGPT que escribiera esta parte basándose en varias fuentes y la verdad me parece que el resultado quedó bastante satisfactorio.